Sabido es que al hipersensible Marcel Proust, uno de tantos días que andaba de bajona, meterse en la boca una cucharada de té con un pedacito de magdalena lo retrotrajo de sopetón al pasado y le inspiró nada menos que las siete novelazas de En busca del tiempo perdido.
Proceso mental que queda reflejado con idéntica maestría, pero sin mediar palabra, en una película, Ratatouille, cuando el crítico gastronómico Anton Ego prueba el plato de pisto que le devuelve a la infancia con tal intensidad que deja caer al suelo el boli con que escribía sus demoledores comentarios.

También sabe algo del tema Fernando Ruiz-Goseascoechea, aunque en su caso fue al revés. La lectura le trajo de vuelta uno de los sabores de su infancia, cuando su padre regresaba a su domicilio en Barcelona desde su Bilbao natal con un paquete de papel encerado, en torno al cual se situaba su prole, expectante. Del paquete, una por boca no más, como si de una comunión profana se tratara, salían finas lonchas del más exquisito jamón del bueno, cuya marca nunca preguntaron a su padre.
— Leer en www.yorokobu.es/sabores-de-la-memoria/

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